Romina De Luca en 3500noticias.com: «De pedagogos y empresarios: Toyota y la escuela argentina»

“Se nos hace difícil, en nuestra área geográfica, encontrar esas 200 personas con secundario completo, porque en Buenos Aires se perdió el valor de un secundario. Y se les hace difícil hasta leer un diario”, dijo Daniel Herrero, presidente de Toyota Argentina. La declaración, realizada en el marco de una charla organizada por el Rotary Club Buenos Aires, está lejos de ser un rayo en un cielo sereno. Por dar otro ejemplo, unos años atrás, Paolo Rocca, en un coloquio de IDEA, dijo que “hay personas que salen de una escuela técnica y fallan en pruebas muy simples: se equivocan cuando les preguntan cuántos milímetros hay en un metro”. Los dichos de Herrero trajeron a la luz cifras que se cuecen hace décadas: los niveles de deserción escolar, los bajos rendimientos en las pruebas de medición de la calidad. Una realidad que es puntillosamente registrada desde mediados de los noventa por las pruebas locales.

Resulta curioso porque, en general, esos empresarios que hoy se quejan del rendimiento de la escuela montaron una solución para sí: resolver el problema particular de su empresa por su cuenta. Para hacerlo crearon o apadrinaron escuelas de las que reclutan su futuro personal o gestionan, junto a los organismos educativos, la creación de programas de terminalidad escolar propios. Más bien, los empresarios deberían preguntarse si los magros resultados de la escuela argentina no guardan relación con algunos de los números de los que ellos son responsables: la pobreza de la mitad de la población y de siete de cada diez niños y niñas, la caída salarial y el desempleo.

En medio de este debate, algunos pedagogos salieron a responsabilizar a las y los docentes. Habría que recordar aquí la magnitud de la caída del salario docente: hoy el cargo testigo no cubre ni la mitad de lo que se necesita para ser pobre, oficialmente hablando, y poco más de un tercio de una canasta algo más realista como la que mide ATE-INDEC. Hay que recordar aquí que en la década del ’30 el salario del cargo testigo equivalía a casi dos canastas familiares de la época y fue bajo el peronismo (de Perón) que se inició el espiral descendente de nuestros salarios con un golpe letal en los años setenta y ochenta. La amplia mayoría de los docentes son jefes y jefas de hogar. Más bien jefas, en tanto la docencia es una profesión mayoritariamente femenina. Que el salario sea tan bajo tiene consecuencias prácticas inmediatas: la autoexplotación. Las largas jornadas de trabajo que impone un salario de pobreza conviven con el trabajo no pago, otra vez, necesario a la actividad. Corregir, planificar clases, planes de contingencia y secuencias didácticas, preparar actos escolares y reuniones con padres, realizar informes de seguimiento. Además, la mayoría de los docentes son mujeres así que la sociedad patriarcal hará que agreguemos al trabajo no pago escolar, el otro que llaman “amor” y tiene que ver con la asunción privada y por parte de las mujeres de las tareas que implica la reproducción social de la vida (las llamadas tareas de cuidado). Es fácil ver por qué el agotamiento y la pérdida de la salud son moneda corriente en el seno de la docencia. Enfermarse es la consecuencia esperable, cuadro que el docente deberá afrontar con obras sociales desfinanciadas. Quienes opinan desde sus despachos deberían darse una vuelta por las escuelas.

Pero lo cierto es que los pedagogos también deberían asumir su parte de la responsabilidad en todo este proceso. Habida cuenta, ellos asesoraron reforma tras reforma y también dotaron a las carteras educativas de sus funcionarios y asesores. Solo por narrar la historia de la Ley Federal para acá. Sancionada en 1993, la Ley Federal, fue presentada como un momento fundacional que organizaría y modernizaría la escuela. Por un lado, una nueva estructura: la Educación General Básica, que formalmente aumentaba la obligatoriedad. A su lado, la escuela Polimodal, con aspiraciones de “polivalencia” combinando una especialización incipiente que escondía una formación polifuncional. Buena parte de las escuelas técnicas vieron reducir su matrícula al mismo tiempo que, en un contexto de desocupación creciente, el gobierno extendía, con la excusa de la formación de jóvenes, las pasantías laborales. El gobierno sostuvo que llevar la educación obligatoria hasta los 14/15 años de edad (hasta 9º grado) hacía que los alumnos aumentaran sus conocimientos. Un razonamiento sencillo que une, de forma lineal, el tiempo en la escuela con el aumento del conocimiento recibido. Una lógica mentirosa. La extensión del tramo obligatorio no hizo más que “primarizar” la educación secundaria degradando los contenidos. Desde la década del ’60 se advertía por los problemas de rendimiento de la escuela -que los alumnos repiten o dejan la escuela, centralmente. Y se sugería, ya en esa época, la incorporación de “un régimen de promoción automática”. En los ’90 se presionó a los docentes con la “promoción social” y antes Alfonsín hizo lo propio con la promoción en masa. Que estén adentro de la escuela, aunque no tengan los conocimientos para hacerlo. Solidario con esa cosmovisión, los “contenidos básicos comunes” se impusieron definitivamente.

Se dijo que la Ley de Educación Nacional resolvería ese grave cuadro. Se prometió mejorar la calidad, unificar el sistema y corregir las condiciones de trabajo docente “neoliberales”. Nada de ello ocurrió. En el mismo plano de las ficciones, para detener la sangría de la escuela se implementó, en estos años, la introducción del bloque pedagógico en los primeros años/grados de la escuela primaria y la tendencia a la “promoción acompañada” el resto de los años/grados. Las recetas de Onganía en los sesenta. Ese proceso, se tradujo en una mejora “record” de los indicadores de rendimiento interno de la escuela primaria: al disminuir la deserción, la repetición, la sobreedad parece que la escuela está mejor. Pero la realidad es bien distinta. Síntoma de lo que venimos narrando fue el intento de eliminar los aplazos en la escuela primaria bonaerense por considerarlos “estigmatizantes”. Frente a la deserción escolar de la escuela secundaria obligatoria una propuesta de graduación más rápida: el Plan Fines 2.

El macrismo no trajo nada nuevo. En sus propias palabras: había que profundizar la Ley de Educación Nacional. Propusieron trabajar con los emergentes y núcleos básicos para estructurar proyectos de vida.

Hoy, frente a la crisis que abrió la pandemia las recetas se repiten: núcleos priorizados, promoción acompañada, sostenimiento de las trayectorias.

Por eso, habría que preguntarse quiénes fueron los verdaderos simuladores. Si los responsables de tantas décadas de política educativa o las y los docentes. Más bien los primeros deberían reflexionar seriamente sobre el asunto porque docentes y estudiantes son las verdaderas víctimas de todo este proceso que, tras cartón, pretenden ahora “descubrir” los empresarios.

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