Boletín del Laboratorio de Análisis Político N°1

Tiempo nuevo

Fabián Harari (Director del LAP-CEICS)

En el verano del hemisferio sur, hemos visto la proliferación de conflictos diplomáticos y militares con un protagonista excluyente: la administración de Donald Trump. A comienzos de enero, asistimos al bombardeo a Venezuela y el posterior control sobre su régimen, con el objetivo de convertirlo en un aliado político y económico. Una semana después, en Irán, donde amenaza una intervención militar en medio de una insurrección a la que la teocracia enfrenta con una verdadera masacre. En paralelo, la declaración de intenciones de anexarse Groenlandia, generando no solo un conflicto diplomático con Dinamarca, sino poniendo en crisis la histórica alianza de la OTAN.
Trump ganó las últimas elecciones con el mismo slogan que impulsó su primera presidencia: “America First”. Esta consigna tiene varias interpretaciones. Inicialmente, “first” podía traducirse como “prioridad”: lo que pasa en el propio país. Se trataba de aislar a los EE.UU. de los conflictos internacionales, para concentrar el presupuesto y la energía política en hacer despegar la economía. O, más precisamente, superar económicamente a China. Los resultados muestran que se estuvo lejos del triunfo.
Trump y la economía de su país no han podido, hasta ahora, revertir la tendencia al avance chino. En 2007, el porcentaje de productos de alta tecnología sobre las exportaciones de manufacturas de los EE.UU. era del 30%, igual al de China. Doce años después, China sube levemente al 32%, pero EE.UU. se derrumba al 18%.
En estos años, China también aventajó a su rival en el porcentaje de exportaciones de tecnología de comunicaciones. El peso de las manufacturas en la producción total de EE.UU. es del 15%. El de China, el doble. Esto en el contexto de una economía cuyo sector primario (principalmente petróleo y gas) va ganando cada vez más peso en sus exportaciones. Mientras una economía se “reprimariza”, la otra agiganta su poder industrial y tecnológico.
En 2020, China superó, por primera vez, a los EE.UU. en la cantidad de buques de guerra operativos. Los astilleros chinos tienen una capacidad de producción, medida en toneladas, 232 veces mayor que sus competidores yanquis. Hoy, China es la dueña de los mares. De eso habla el artículo de Alexandra Cháves, en este mismo número.
Por eso, en esta segunda presidencia, se alude a “first”, en otro sentido: colocar a los EE.UU. “primero”, en términos de hegemonía mundial. Para eso, la fuerza que la economía no tiene debe dar paso a eso que la burguesía norteamericana sí tiene (y por la que ha pagado mucho): el despliegue de la fuerza. Los EE.UU. siguen siendo, por el momento, la potencia militar más importante del planeta. Tiene 544 bases militares en el exterior, con más de la mitad en Europa. Tiene el presupuesto militar, en términos absolutos, más grande del mundo y duplica el presupuesto sobre PBI de su rival (aunque se ubica en un tercio de lo que era en plena guerra fría).
Entonces, Trump apuesta a compensar políticamente (con el apoyo de su fuerza militar) lo que se le niega en el aspecto puramente económico de la competencia capitalista. ¿Cómo? Desplazando a su rival de zonas estratégicas y ubicándose en circuitos claves. Venezuela es la principal reserva petrolera del mundo. Tiene un petróleo de baja calidad y pesado, aunque ideal para las refinerías del sur estadounidense. El manejo del régimen chavista le va a permitir revertir las nacionalizaciones parciales del chavismo (e incluso la de Andrés Pérez), para que una parte del empresariado norteamericano logre recomponer sus ganancias. Pero, lo más importante, está desalojando a China (y a Rusia) de su principal baluarte en el
continente. Si bien Brasil permanece como un aliado, su obediencia y sumisión no se asemeja a la que brindaba Maduro.
Lo mismo puede decirse de Irán. El régimen está colapsando y Trump amenaza con una intervención militar. Como en Venezuela, masculla la idea de emprender reformas sin alterar la estructura del régimen (cambiar la mesa sin mover las patas). Queda claro: no quiere un cambio de sociedad, ni siquiera le interesa las condiciones de vida y la libertad civil de la población. Lo único que quiere es el cambio de propiedad burguesa y de alineamiento político. El problema con esa estrategia es que el régimen ha perpetrado una masacre inusitada y, aun así, no ha logrado detener las movilizaciones. Por lo tanto, resulta difícil mantener cierta continuidad política. Difícil, no imposible, claro. En estos dos casos, Venezuela e Irán, llamó poderosamente la atención la pasividad china.
En el caso de Groenlandia, el objetivo no es solo China, sino directamente Rusia. El protectorado aludido ocupa un lugar central en el comercio y la navegación por el Ártico. Con el deshielo producido por el cambio climático, el Mar Ártico cobró una importancia inusitada como vía intercontinental. Pero con este movimiento, Trump está dinamitando la OTAN, una alianza histórica entre los estados de Europa Occidental y los EE.UU. La ruptura de ese bloque traerá menos estabilidad política y militar al planeta. Eso es seguro.
¿Cuáles son las coordinadas más generales de todo este movimiento? Que estamos entrando en un nuevo tiempo. Una nueva etapa histórica en la política y la economía mundial.
No estamos ante una transformación social profunda, aquella que marca el cambio de tipo de sociedad, tal como propiciaron las revoluciones burguesas entre los siglos XVII y comienzos del XIX, la caída del Imperio Romano o la expansión musulmana. La sociedad sigue siendo una sociedad capitalista, pero hay un cambio en lo que llamaríamos la “capa media”. Es decir, en la hegemonía mundial. Desde la década de 1920, hasta la de 2010, fueron los años de dominio norteamericano. La decadencia norteamericana, que no encontraba reemplazo, sufre ahora un desafío crucial: China se está apoderando, poco a poco, del mundo. El eje de la economía y la política mundial está pasando del Atlántico al Pacífico. El universo que conocíamos hasta ahora, los problemas políticos y sociales del mundo occidental, son solo una parte de la realidad. Todo otro mundo se desarrolla en lo que llamaríamos “oriente”, cada vez con mayor fuerza e influencia. Claro, no necesariamente con una mejor perspectiva: dictaduras, restricción de libertades civiles, trabajos extenuantes, represión extrema de la vida cotidiana…
A esa nueva etapa, se agregan dos elementos más. El primero, el cambio en las estrategias económicas y en el comercio: de un mundo multilateral, “globalizado” y con las potencias impulsando la liberalización de mercados, vamos a barreras impositivas, zonas de influencia de monedas, políticas nacionalistas y acuerdos bilaterales. Eso, sin descartar el uso de la fuerza para obligar a comerciar con tal o cual país. Es decir, vamos hacia una restricción del comercio mundial y a políticas más agresivas. El segundo es un corolario del primero (y más preocupante aún): una escalada militar que tiene a los EE.UU. como protagonista, buscando amenazar a China y rompiendo alianzas históricas, sin crear nuevas. La tendencia es a multiplicar los escenarios de Venezuela e Irán. China está haciendo lo propio con Taiwán, que es defendida por EE.UU. ¿Tendrá la misma actitud Trump, en este caso, como la tuvo Xi Xinping en Venezuela e Irán? Tal vez esta vez, sí. Pero eso solo pospone el problema y aumenta la tensión. Puede ser que haya que acostumbrarse al fin de eso que comenzó en los ‘90, el mundo en el que gente como yo se ha criado.

Lee el número completo: LAP. Boletín 1

 

 

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